Puta Bañuelos...

Como veo doy,

una mirada interna del Movimiento Infrarrealista*

Ramón Méndez Estrada

Con casi dos años de gestación desde la revuelta de 1974 en el taller de poesía de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde un grupo de jóvenes poetas insurrectos firmamos la renuncia del entonces coordinador, Juan Bañuelos, el Movimiento Infrarrealista nació a la luz entre fines de 1975 y comienzos de 1976, en un edificio de la calle de Argentina, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde vivía Bruno Montané.

La idea del nombre y la fundación de un movimiento contra la cultura oficial fue de Roberto Bolaño, entusiasmado por la poesía irreverente de algunos cuantos jóvenes que seguíamos frecuentándonos tras nuestra expulsión del taller de Bañuelos.

A fines de 1973 habíamos llegado a ese espacio de estudios poéticos Cuauhtémoc y Ramón Méndez, venidos de Michoacán, donde fundamos con otros jóvenes de entonces, en 1972, el Taller Literario de la Universidad Michoacana. Nuestro arribo al taller de Juan fue la gota que derramó el vaso, casi colmado, de la inconformidad que iban acumulando los alumnos del coordinador.

El método de estudio, rito repetido dos veces por semana, consistía en que los jóvenes leyéramos en voz alta nuestros incipientes textos, y luego nos criticáramos mutuamente. Pero eso no nos satisfacía. “Vamos a estudiar a los clásicos, Juan”, le decíamos. “Estudiemos el Siglo de Oro, danos algunas clases del soneto”, pero el maestro no tuvo interés, o no pudo, satisfacer nuestras demandas.

Entre aquellos jóvenes los más beligerantes eran Mario Santiago, que entonces aún no había adoptado el Papasquiaro, y Héctor Apolinar. Sus críticas irónicas, su mordaz sentido del humor, nos empujaban a todos a escribir más y mejor. A fin, una tarde de principios de 1974, Mario Santiago se presentó al taller con una hoja en que traía redactada la renuncia de Bañuelos, con esa caligrafía particular que caracterizaba al joven vate y, por supuesto, también con su muy singular estilo, irreverente y desparpajado, donde el maestro se autoacusaba de menopausia galopante y otras lindezas para dejar su puesto.

Juan leyó el texto, y mientras la mayoría de los talleristas suscribíamos la hoja su rostro cambiaba de color y él, con contenida cólera, nos decía: “¡Qué buena broma, muchachos! ¡Qué buena broma!” Quienes lo enfrentaron con más decisión fueron Mario Santiago y Héctor Apolinar: “No es broma, Juan, no te queremos. No sirves tú para estas cosas”.

Un grupo del taller llevó la renuncia, también firmada por Bañuelos, por supuesto, a la directora de Difusión Cultural, y ella contestó que Juan era un empleado y no podían correrlo. Propuso, en cambio, que los inconformes consiguiéramos otro coordinador, y que el taller se dividiera: de los dos días de la semana que correspondían a la clase, uno sería para nosotros y otro para el maestro. Prometió también apoyar la edición de una revista. Al poco tiempo, mediante una coperacha de los interesados, salió Zarazo 0, con poemas de los beatniks estadunidenses, de los miembros del movimiento peruano Hora Zero y de algunos de los revoltosos del taller de la UNAM. Aunque estuvieron formados otros tres números de la revista, nunca pasaron a la imprenta: Menos de dos meses después de la insurrección en el taller, una tarde nos encontramos con la puerta cerrada y fuera de la institución.

El hecho sirvió para que algunos de nosotros consolidáramos una amistad que creció con el tiempo en largas caminatas por la ciudad y noches de juerga y de poesía. En el camino, se quedó la intención de fundar el Vitalismo, en que nos empeñamos algunos, entre ellos José Vicente Anaya, que no visitaba el taller de Juan en el tiempo de la revuelta.

Una madrugada de 1975, agotadas las reservas del espirituoso que compartíamos y cansados de vagar por las calles del centro de la Ciudad de México, Mario Santiago me invitó a visitar a un amigo suyo: Roberto Bolaño, quien vivía en un vetusto edificio cerca de la estación Cuauhtémoc del Metro. La recepción de Roberto no fue muy cordial que digamos, pues lo interrumpíamos de su diaria jornada de redacción creativa mañanera, que cumplía con el rigor de un burócrata sujeto a reloj checador. La conversación no fue muy larga, pero sí muy intensa. Cuando Santiago y yo salimos de la casa de Bolaño lo habíamos convencido de nuestra subversión vital contra el oficialismo de la cultura, y nos había comparado con los beatniks: “Tú eres Ginsberg –le había dicho a Santiago‑, y éste es Corzo: son los beatniks de México”.

Poco después –semanas o meses‑ Mario Santiago me informó que, entonces sí, estaba en puerta la constitución de un movimiento poético rebelde, el Infrarrealismo. En el camino, entre la frustrada creación del Vitalismo y la llegada del Movimiento Infrarrealista, se habían quedado desperdigados nombres valiosos: Kyra Galván, Lisa Johnson, Mara y Vera Larrosa, y otros que no recuerdo.

Idea de Roberto, la explicaba como una metáfora: a quienes cometimos el pecado de rebelarnos contra una de las glorias nacionales de la poesía nos tenían vetados en todas las publicaciones y espacios culturales de México; decía que éramos como soles negros, de esos que no se ven pero que atraen la luz, materia condensada a tal grado que hace caer a la energía por su peso, y auguraba que nosotros haríamos la literatura clásica de nuestro tiempo.

Seducidos por el poeta chileno, fundamos el Movimiento Infrarrealista. Después de la larga gestación, el parto fue alegre y mucho el entusiasmo con que nos proponíamos volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial. Había muchos artistas sumados a la subversiva intención. Si no me traiciona la memoria, la noche de la constitución estábamos en la casa de Montané entre 30 y 40 personas, la mayoría jóvenes, hombres y mujeres, músicos, pintores, narradores, poetas... La mayoría desertaron. Roberto y Bruno se fueron a España, a donde también más tarde se fue Edgar Altamirano; el hermano de éste, Óscar, permaneció en Guerrero, y ahora vive en el Estado de México; Rubén Medina se fue a Estados Unidos; Jorge Hernández Piel Divina a Francia, y así, por los caminos del mundo. Unos se iban, y llegaban otros: José Rosas Ribeyro y Margarita Caballero; José Margarito Peguero y Guadalupe Ochoa, antes de la partida de Rubén. Pedro Damián se sumó después. Apolinar no llegó siquiera a la fundación: se lo tragaron los Comités Laborales. Darío Galicia y Julián Gómez, que no estuvieron en la revuelta contra Juan Bañuelos pero al parecer recibieron invitación de Mario Santiago, no aceptaron sumarse al infrarrealismo.

El camino ha sido largo y difícil. A Zarazo 0 siguió Pájaro de calor, Correspondencia Infra, la volada antología Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (que generó la única pelea de Julián Gómez con Mario Santiago), publicaciones todas donde no están todos los que son ni son todos los que están. En el transcurso, hubo irrupciones infras en recitales de poesía oficial que nos valieron en los medios de comunicación críticas y calumnias. Entre todo, la negación constante: los poetas infrarrealistas no existimos para la oficialidad más que como una leyenda de revoltosos.

Pero ha habido satisfacciones. Una noche que conversábamos en voz alta en el café La Habana mientras bebíamos unos tragos, se acercó a nuestra mesa un muchacho, Tulio Mora, y nos preguntó si éramos los infrarrealistas. Él pasaba por México con camino a Perú y dijo que después de tres meses de inútil búsqueda se había convencido de que éramos un cuento que circulaba en Francia y en España; se quedó entre nosotros varios meses más y ya publicó, en Perú, una antología horazeriana e infrarrealista. Y en 1989 llegó a Morelia un joven alemán cuyo nombre no recuerdo, en busca de Cuauhtémoc Méndez, cuyos textos había leído en checo, en Europa; iba rumbo a Brasil, en persecución de un amor, y decidió detenerse en México para conocer a un poeta que lo había asombrado.

En la década de los 80 trabaron relación con nosotros los hermanos Guzmán (Iván, Mario Raúl y Mauricio, y más tarde Eduardo). Mario Raúl publicó unas hojitas monográficas de poesía, Calandria de tolvañeras, algunas de las cuales fueron de infrarrealistas. Después algunos libros, y tres números de la revista La zorra vuelve al gallinero.

Poco antes de morir, Mario Santiago emprendió con Marco Lara Karhk un proyecto editorial en que se publicaron, además de otros varios, tres folletines y un libro de infrarrealistas: Beso eterno y Aullido de cisne, de Mario Santiago Papasquiaro; Estrella Delta Escorpio, de Pedro Damián, y Al amanecer de un día Dos Lagartija, mío. Antes Pedro había publicado Sexto paladar, premiado en Tijuana, y yo El paso de los días, auspiciado por la Universidad de Zacatecas.

Mario Santiago Papasquiaro murió atropellado, a principios de 1998, en el Distrito Federal, y entonces muchos plumíferos oficiales, aprovechando la ocasión, hablaron del infrarrealismo y la avasalladora personalidad del vate de Mixcoac, y en julio pasado, cuando se dio la noticia de que el poeta y novelista chileno Roberto Bolaño había muerto en España, le dieron vuelo otra vez a ese cuento francés que somos los infrarrealistas, la leyenda de los soles negros que se comen la luz.

Y los que no existimos hablamos así al mundo, y los poetas de la oficialidad tiemblan con sus patas de barro, sus mentes faltas de claridad, sus libros incoherentes, sin nada más que metáforas vanas. Nos vamos viendo al tiempo, porque viene por ahí la publicación de libros inéditos que varios tenemos, y la antología infrarrealista, cuyo nombre debemos al poeta guatemalteco Carlos Illescas, a quien alguna vez platicamos el proyecto con varias propuestas para el título y nos dijo: “De una vez póngase Nosotros los clásicos”.

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*Atrás quedan los sueños que hoy son sólo hielo o piedra

Por: Magdiel C. Midence


Exactamente juguemos a perder la vida
-para mì es ya una costumbre-
a ser aquel perfecto idiota que se cree importate
en la vida de un poeta y peor si ese poeta soy yo

Exactamente digamos verdades hablemos de mi amor por vos
y por vos claro por vos
Aunque soy destrucción y autodestrucción
tu cuerpo seguirá inerte y oculto
tu cuerpo seguirá burlandose
mi voz que es esta voz de cadáver envuelto y humillado -decís vos-
recordó las calles de un cerebro retorcido
sobre un manojo de alfileres
mirá esta cara triste -seguro-
mañana asesinaré tu memoria con una ráfaga de espanto
en los recovecos de tu ausencia
gritaré que soy un hombre feliz
te voy a reprochar una bofetada en lo más oscuro
de la miseria

Se hará mi voluntad
porque soy yo quien te crea
y te olvida







* el título es un verso de un poema de Leopoldo María Panero


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La una y dos colgando: Bañuelos, Adame, Illescas

Por Orlando Guillén

1

Se ha cumplido un sexenio desde que con el título hoy a está nota epónimo di a conocer un panfleto pan de flato. A la anécdota que sigue le dio el aire: no tenía dineros para regresar a Barcelona y decidí participar en un concurso de poesía dotado con una talega para el caso suficiente. La una y dos colgando fueron jurados de ese premio. La manera que encontraron de no dármelo fue recomendar mi libro para su publicación. Demandé a la institución convocante por cuanto a la luz del día había ofrecido un jurado integrado por poetas y en la noche oscura lo integró por charlatanes y medianías fársicas. Incluso a riesgo de incurrir en la obviedad, demostré intelectual del jurado. Y por otros medios entre los cuales la boca de Angulo prestigiárame volví al puerto y aeropuerto donde me reclamaban mi novia y mi hijo entre la humazón y la zarza ardiendo.

La demanda no prosperó porque en México la justicia no hace caudal más que la caja. Y como en tanto tiempo perdido las cosas no han cambiando, estas líneas no llevan el propósito de actualizarla sino en ya se verá con paciencia y salivita.

En mi ausencia los mariachis callaron pero Bañuelos no. A Bañuelos se le ocurrió justificarse diciendo que a él no le bastaba con la influencia de un poeta: él “quería ser” Milosz. Ni más ni menos mal que no “quiso ser” William Shakespeare. El subrayado es suyo, y de él yo paso. Y como es de averiguada sabandija subconsciente que el ladrón cogido en flagrancia da por pericia al inopinado Testigo, Bañuelos no hace la excepción, y, así, me tilda de policía.

Más ya vino al que andaba ausente, y entonces pues saltan al alba estos párrafos para topar ese agravio.

En todo escriben muy vicioso –apunta- a entrando con calzador histórico Bernal Díaz del Castillo hasta el quinto patio de la página.

¿Y para qué yo meto tanto la pluma encontrar cada cosa por sí, que es gestar papel tinta?

Tal inocula la pregunta y dispónese a hurgares con buen viento el soldado de plomo de ballesta, al modo que la sombra suele: a contraluz y arrastrando las de andar.

Mas rezagándose el fantasma bemaldino provee la respuesta y de paso vindica la intención del opusculero: porque la verdadera policía y agraciado componer es decir verdad en lo que he escrito.

Y como muestra reproduciré íntegro el apartado que del flatulento pan primigenio Bañuelos mereciera.

Y aprovechando el viaje repondré una omisión (atribuible a las duendejadas del duendejo célebre de la errata) que ponía a Illescas a resguardo de una bien ganada burla.

Y entre veras y burlas asimismo omitiré todo lo que es paja ya de aquel libelo, incluido Adame –de quien no hay nuevo que decir, salvo que puede vérsele con la bolsa del mercado en la mano mercando, precisamente mercando en reputado zoco de valores culturales.

Por todo lo expuesto, remito a la lectoriza de esta verdadera historia a la emisión original de La una y dos colgando (ediciones La Prosa, colección Armaño, México, 1984), y más pues que la presente nota dibuja los perfiles de una improbable edición definitiva.

Y ahora, compermiso: voy al bañuelos.

II

Si la fama pública fuera el criterio para validar el prestigio y la condición de poeta de alguien, Juan Bañuelos fuera un poeta prestigiado. Yo voy a demostrar aquí que amasó esa fortuna arbitraria con el oro poético de os demás. Inminencia y eminencia: voy a demostrar entonces que el de este ciudadano es un falso prestigio.

La historia de Bañuelos es una larga historia de infamias. Su primer libro. Puertas del mundo (volumen colectivo La espiga amotinada, Fondo de Cultura Económica, México, 1960) se alza poético como resultado del saqueo y la usura sistemáticos contra el poeta lituano Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (1877-1939). En 1959 había aparecido como pan fresco en Buenos Aires, Argentina, en la colección Los poetas (dirigida por Aldo Pellegrini) de la Compañía General Fabril Editora, la Antología poética de Milosz, en versión de Lysandro Z.D. Galtier, miembro fundador de la Asociation Les Amis de Milosz. Las citas de página corresponderán para Bañuelos a la primera edición; para Milosz, a la segunda (1961).

Bañuelos, p. 42:

Y me hallé solo en la mansión que tú no conociste.

allá en el fondo de los parques y los espesos bosques

donde las aves segadas por la aurora

cantaban quedamente el amor de los muertos más antiguos

sobre el rocío gris de la mañana.

Milosz, p. 70:

Y yo estaba solo en la mansión que tú no conociste.

la mansión de la infancia, la muda, la sombría mansión,

allá en el fondo de los espesos parques

donde el pájaro transido del amanecer que

damente cantaba por el amor de los muertos

muy antiguos,

sobre el rocío oscuro.

Bañuelos, p. 54;

¡Oh hambre eternidad!

Milosz, p. 44:

¡Oh lágrimas! ¡Oh hambre de eternidad!

¡Oh júbilo!

Bañuelos, p. 55:

yo no sé si noviembre sepulta el paisaje.

Claro que no. Quien lo sabía era Milosz

(p.19):

Noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.

Y sepulta también a los saqueadores de tumbas.

Un último ejemplo:

Bañuelos, p.56:

La rueda del pavor giró dentro de mí, la

locura sopló las velas del conocimiento y en

el último escalón, sudor de muro destitó mi

frente. Ahora vago sobre un planeta que ya

no reconozco.

Milosz, página 115/116/117:

Acabo de describir la ascensaión hacia el

Conocimiento (...)

¡Ascender primero –sacrílegamente- hasta

la más demente de las afirmaciones;

Y luego descender de escalón en escalón

(...)

Elevé sobre mi pecho el peso de la noche;

mi frente destiló un sudor de muro

Giré en torno de la rueda del pavor de los

que parten y regresan.

Tú me has hecho nacer en un mundo que ya

no te reconoce; sobre un planeta de hierro

y de arcilla, desnudo y frío.

Pero el asesino vuelve siempre al lugar crimen. Bañuelos cobró en 1968 el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes con Espejo humeante (Editorial Joaquín Mortiz, ese mismo año). Apretado entre los muertos que este libro despoja, Milosz se ve ahí también convocado, ilustre e ilustrativo sea este ejemplo (p.27):

allá en el fondo de los espesos bosques.

En 1968 igualmente, Bañuelos publicó (suplemento de la revista Siempre!, 13 de noviembre) No consta de actas (pero ahora sí va a constar), texto que comienza así:

¿Oh bebedor de la noche, ¿por qué te disfrazas

ahora?

Verso que, salvo ciegos, cualquier alfabeto con el hipérbaton en la mano puede leer literalmente en el Canto de nuestro señor el desollado bebedor de la noche (Xippe Totec Yahualtahuana) del volumen Poesía indígena. Vertida, seleccionada e introducida por Ángel María Garibay –publicado por la Biblioteca del Estudiante Universitario, Universidad Nacional Autónoma de México (p. 15 de tercera edición, 1962). De ahí y a mayor abundamiento, lo tomo para reproducir:

¿Oh bebedor de la noche, ¿por qué ahora te

disfrazas?

Pero el asesino vuelve siempre al lugar del crimen. El último libro publicado por Bañuelos es Destino arbitrario (título que a pesar de su fácil obviedad piconástica sustrae al francés Robert Desnos –si bien lo consigna epigráficamente en algún interior), ediciones Papeles Privados, México, 1982, Véase:

Bañuelos, p. 20:

y he visto el ojo de la mujer estéril buscando

con furor.

Bañuelos, p. 24:

No es el azar, en efecto; tampoco el tiempo

reunido como las vísceras bajo la mano del

carnicero.

No es el azar, en efecto; tampoco el tiempo: es Milosz, (p.126):

Todo, todo en mí era desgarramiento Como

las entrañas

bruscamente reunidas bajo la mano del

carnicero, todo

en mí era desgarramiento.

En efecto, digo, pero Milosz se defiende solo:

1) Los vocablos del lenguaje de los Aaroni-

tas son profanados por los niños mentiro-

sos y los poetas ignorantes. (p.114)

2) Los otros, ladrones de dolor y de

dicha, de ciencia y de dolor, nada compren-

derán de estas cosas. (p.111)

3) ¿Qué saben de mí estos castrados? Caro

les hago pagar el goce de mi perfume. (p. 45)

pero el asesino vuelve siempre al lugar del crimen. Bañuelos se abría de puertas al mundo bajo el siguiente epígrafe del Hölderlin (p.21):

¿Qué sería el cielo y que sería el mar

Y qué sería las islas y los astros y todo lo

que se halla

Ante los ojos de los hombres, y qué sería

también

Esta música muerta de la lira si yo no le

diese el sonido

Y el lenguaje y el alma? ¿Qué son

Los dioses y su espíritu, si yo

No los proclamo? Pues bien, decidme ¿quién

Soy yo?

En destino arbitrario (páginas 14/15) prefirió darlo por suyo:

que sería esa música

muerta del espacio

sino la tañe el tiempo?

Pero qué agua?

Pues bien

Que alguien me diga

Quién soy yo?

A pregunta brillante respuesta lúcida: un ladrón, un cazador agazapado e hipócrita de los cantos ajenos.

Pero para terminar, y dicho sea entre el smog del ser por el Espejo humeante (p.363):

¡Ah peste! En la quijada de un perro atrope-

llado

escribo: ¡Basta!

Guillén – Bañuelos: una historia pendiente

Por Evodio Escalante

Un molesto, un incisivo, un irreverente abejorro de la literatura mexicana. Quiero decir: de aquellas instancias o aquellos personajes que –en su opinión- están infestados con el gusano de la simulación, la mentira, la infatuación, la falta de autenticidad. Esto ha sido desde hace mucho el poeta Orlando Guillén. Son ya casi legendarias, por ejemplo, sus correrías en un festival internacional de poesía al que se le invitó acaso pensando que era un poeta como los demás, esto es, de corbata y modales aprendidos en manuales de urbanidad.

Llega a mis manos, con considerable retraso, un folleto mimeografiado que ha circulado marginalmente y que, por la seriedad de sus acusaciones, merecería ser discutido de una manera abierta, sin esconder barajas debajo de la mesa. Se trata de un texto titulado. La una y dos colgando, la parte legible de un alegato judicial en contra de la Universidad de Zacatecas que presentó Guillén a fines de 1983 por haber violado dicha casa de estudios las bases con que convocó a un concurso nacional de poesía. Si la demanda prosperó, esto ya no incumbe al meollo de la argumentación, a saber: una excelente diatriba contra los miembros del jurado calificador integrado por Carlos Illescas, Armando Adame y Juan Bañuelos.

Como la acusación contra Bañuelos es particularmente severa y en ella pretendo detenerme, adelanto que lo hago apegado a mis obligaciones de crítico literario y no para atacar de rebote a un poeta cuya labor estimo. Su labor y su persona: recientemente, al recibir el Premio Chiapas, Juan Bañuelos tuvo un gesto inusitado y que habla muy alto de su sentido moral: lo donó a una comunidad indígena. Dejo constancia de lo anterior y paso al asunto que me ocupa.

Guillén asegura que en varios libros de hay huellas de lo que puede ser entendido, sin más, como un plagio literario. Así, Puertas del mundo, su primera colección de poemas, no sería según Guillen, sino el “resultado del saqueo y la usura sistemáticos contra el poeta lituano Oscar Vladislas de Lubics Milosz”. No referiré aquí los ejemplos, aunque habría que advertir que las pruebas aportadas por Guillén no consisten en simples frases o renglones aislados, sino en estrofas enteras ligeramente adobadas o retocadas pero que en lo esencial repiten los hallazgos y las formas expresivas de Milosz. En Espejo humeante, obra premiada en Aguascalientes. Guillén vuelve a encontrar los préstamos al poeta lituano. Esto se debe, según la retórica de Guillén, a que “el asesino vuelve siempre al lugar del crimen”. Otro famoso texto de Bañuelos, No consta en actas, retoma expresiones de la poesía indígena tal y como la conocemos en traducciones de Ángel María Garibay. Por último, en Destino arbitrario (“título que sustrae al poeta francés Robert Desnos”), aparecen expresiones que pertenecen a un poema de Hölderlin que antes había utilizado él mismo en otro lugar como epígrafe.

En un número reciente de Plural (diciembre de 1986), dedicado justamente a celebrar los 25 años de La espina amotinada, Juan Bañuelos parece referirse a la acusación de su ex alumno Orlando Guillén. En entrevista concedida a Silvia Durán, asegura: “De pronto llega un policía y dice: Esta plagiando, Plagio. Como si la literatura en total no fuera el plagio universal”. Quién quiera creer, que crea. Si no, que acuda a la revista que menciono. Continúa Bañuelos: “Más que influencias (sic), yo me quería convertir en Saint John Perse, en Milosz, en los grandes poetas que han influido en mi. No solamente quería tener influencia, quería ser ellos”.

No sé qué opinará Guillén de que lo llamen policía, ni tampoco qué podría decir sobre esta manera de superar influencias a través de un procedimiento literal de transustanciación. Con todo, la idea de que la literatura misma, en su conjunto, no es sino el plagio universal, aunque hermosa, se antoja un poco exagerada en este contexto. Es cierto que la literatura implica una tradición un traer, un llevar, un acarrear de materiales de aquí para allá y viceversa. Creo de cualquier manera que estamos obligados a distinguir distintos tipos de acarreos. En este punto –me parece- la respuesta de Bañuelos peca por un exceso de generalidad. Es demasiado ambigua.

Sorprende, eso sí, la forma en que Bañuelos acepta la acusación. No sólo esto: de ir un poco más allá. No se trataría en este caso de una influencia, de una resonancia voluntaria o involuntaria, sino de una voluntad mimética firmemente asumida. Es decir, de la mimesis entendida como una técnica de transformación personal. No se pretende copiar a Milosz, se quiere ser Milosz, o Perse. O Valery. ¿Cuál es el impedimento? Quizás por esto Bañuelos no reproduce tanto líneas aisladas, sino estrofas enteras de los poetas en los que quiere convertirse. Así, ¿no ha hecho trizas a Guillén? Al llevar hasta un extremo absurdo el proceso de mimesis, ¿no ha hecho quedar en ridículo a su impugnador? ¿O se trata, por el contrario, de una aceptación tal de culpabilidad que entonces uno debiera preguntarse por qué el libro lleva la firma de Bañuelos y no la Milosz o la de Saint John Perse? Repito: la ingeniosa contestación de Bañuelos es en lo fundamental ambigua. No se detiene en lo concreto, que es a fin de cuentas lo que interesa. Estimo, por esto, que la confrontación Guillén-Bañuelos no ha sido dirimida. Como tantas otras cosas, es historia pendiente.

UnoMásUno, México, D. F., mayo 27 de 1986, p. 22

CORRESPONDENCIA

Bañuelos y Escalante: en el banquillo de los infrarrealistas

Señor director:

Resulta fácil, sin duda, etiquetar a los ausentes. Pero más aún darle la viada a los presentes, como no queriendo la cosa, sin arriesgar un ápice el currículum. Es lo que su colaborador Evodio Escalante hace con Orlando Guillén –poeta- y Juan Bañuelos en su artículo del 27 de mayo último.

Luego de clasificar a Guillén como “molesto abejorro de la literatura mexicana” (¿para quién?), Evodio Escalante (EE) de noticia del texto La una y dos colgando, escrito por Guillén para desvelar los fraudes que se estilan en los concursos de poesía y en las creaciones de quienes oficialmente son los “poetas mexicanos”.

EE cuenta lo que Orlando demuestra de Juan Bañuelos (JB): que su poesía no es tal, puesto que copia textos de otros poetas haciéndolos pasar por suyos. Sin embargo, EE se justifica: “Lo hago apegado a mis obligaciones de crítico literario” (¿quién le dio el título? ¿Acaso los que organiza los fraudes de los premios nacionales de poesía de Aguascalientes o Zacatecas, por ejemplo?) Y no sólo eso: justifica al propio JB: “Al recibir el Premio Chiapas –dice del autor de Espejo humeante- tuvo un gesto inusitado y que habla muy alto de su sentido moral (¡¡¡sic!!!): lo donó a una comunidad indígena”. Como si retribuir al pueblo chiapaneco lo que el gobierno estatal se apropia del mismo por la vía de la exacción más brutal fuera digno de elogio. “¡Valiente chingadera”, diría Pepe Revueltas.

Otra actitud –otros ojos y otra mano toman la medida- es la que el autodefinido crítico literario asumió contra el mismo Guillén cuando EE ocupó la dirección de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma Metropolitana. Estando en permanente huelga de hambre obligada –todo es mercancía y los alimentos se obtienen con dinero a menos que uno se meta de fardero-. Orlando se presentó en las burocráticas oficinas de Evodio para cobrar 6 mil pesos de una colaboración para esa casa de estudios. “Haz tu recibo mano”, le respondió el critico. Al fin, que las universidades casi todo lo pagan 20 meses después. La propuesta de Orlando, entonces, fue que Evodio la prestase dicha cantidad, puesto que el dinero lo necesitaba para comer, pero al contrario de Bañuelos con los indios de Chiapas. EE no “tuvo un gesto inusitado” que hablara “muy alto de su sentido morar” (¡¡¡recontrasic!!!), y lo mandó con los belgas.

Mas allí no termina el asunto. Tan bien asume EE sus “obligaciones de crítico” que en el artículo de marras le da la viada a Bañuelos Reproduce primero la desmemoriada falacia de JB para justificar sus plagios: “No solamente quería tener influencia de los grandes poetas, quería ser ellos”, para a continuación plantearse, presuntamente en serio (ojo siempre desde su posición de “crítico literario”), una tibia y mentirosa interrogante: ¿la voluntad mimética firmemente asumida autoriza o no a los plagiarios la influencia? Es obvio que no se trata aquí de carecterizar al personaje de Woody Allen en Zelig, que con menor fortuna es lo que pretendió hacer JB con Milozs.

De JB ni hablar: es un buscachambas dentro de la burocracia política-cultural del Estado (¿cuántos no?), rasgo que cínicamente comparte con los demás integrantes de La espina amotinada, cofradía y jugoso negocio gracias al cual estos señores se encumbraron, unos en las nubes de la izquierda domesticada, otros en los nichos que el poder gubernamental reserva para sus asesores y apagafuegos. Basta mirar los coágulos curriculares de Jaime Labastida, Oscar Oliva y Eraclio Zepeda para comprobar que el poder agradece, auspicia y da empleo a esa clase de opositores y críticos.

Pero Evodio, que asume así sus “obligaciones de crítico”, y en vez de descubrir verdaderamente al público la escoria que se produce diario en la República de las Letras Mexicana, le da la viada a quienes precisamente hacen que hieda la creación poética del país, no tiene con qué empuñar la pluma, salvo sus mancos brazos. Quizá por eso, se le ha puesto un apodo que ya se ha vuelto voz populi y que con toda seguridad él mismo conoce: El Bodrio Escalante.

Pedro D. Masson, Mario Santiago; Ramón Méndez y nueve firmas más, por la brigada infrarrealista La matanza de los inocentes.

UnoMásUno, México, D. F a sábado 5 de Julio de 1986.

BAÑUELOS (Y JAVIER SICILIA) DEBÍA RECORDAR LO SIGUIENTE:
Para escribir un solo verso, hay que haber visto muchas ciudades, muchoshombres y muchas cosas; hay que conocer a los animales, hay que habersentido el vuelo de los pájaros y saber qué movimientos hacen las flores alabrirse por la mañana. Hay que tener recuerdo de muchas noches de amor,todas distintas, de gritos de mujer con dolores de parto y de parturientas,ligeras, blancas y dormidas, volviéndose a cerrar. Y haber estado junto amoribundos, y al lado de un muerto, con la ventana abierta, por la quellegarán, de vez en cuando, los ruidos del exterior. Y tampoco basta contener recuerdos. Hay que saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tenerla inmensa paciencia de esperar a que vuelvan. Pues no sirven los recuerdos.Tienen que convertirse en sangre, mirada, gesto; y cuando ya no tienennombre, ni se distinguen de nosotros, entonces puede suceder que, en unmomento dado, brote de ellos la primera palabra de un verso. Rainer Maria Rilke


--- El dom 20-dic-09, Julio Serrano Castillejos escribió:

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Carner en la noche de San Juanby Orlando Guillén Wednesday, Jun. 24, 2009 at 5:43 AMfloresdeuxmal@yahoo.com.mx
De Josep Carner y los jóvenes universitarios a la noche carneriana de San Juan
Carner en la noche de San Juan Orlando Guillén UNO Con el título “«Bélgica», de Josep Carner” publiqué hace un par de días un texto que quien no lo haya leído puede encontrar aquí: http://andorra.indymedia.org/news/2009/06/32285.php relativo a la reacción de pánico que produjo (y que se tradujo en rechazo mayoritario) entre los jóvenes aspirantes a la condición de estudiantes universitarios en Cataluña, el mero hecho optativo de poder examinarse en lengua catalana sobre aquel poema clásico. En ese lugar de mi escritura ofrecí en desagravio el original y mi versión de tan bello y raro en su humana pureza ingenua objeto de arte verbal. De entre los correos que a propósito de este asunto he recibido, agradezco que me agradezcan el desagravio y haber compartido el poema carneriano a todos aquellos que se han ocupado de ello, y de manera particular a Tulio Mora, Jorge Lobillo y Neus Dalmau por razones de mi ámbito íntimo, y destaco y hago público el que me llega “del pueblo donde se enredó la madeja/ del hilo que yo soy” (diría otro autor extremo de la gran poesía catalana del siglo XX, Gabriel Ferrater), pues lo firma y ahonda en la cuestión un buen amigo de aquellos lares vivos, profesor de filosofía, ensayista a veces y hacedor de versos de diversa fortuna: Orlando: Supongo que algo está sucediendo en la educación y por consecuencia en el alma de cada joven. Viven a la deriva y en un mundo donde la superficialidad campea. Juegan a entrar a una universidad para ver si su estancia les quita lo menso por el sólo hecho de estar ahí. ¿Es el remedo de la cultura del hogar familiar o la impronta de una educación que ya dejó de ser lo que antes era y se ha convertido en un mecanicismo bestial, donde puede haber de todo, pero no reflexión sistemática y profunda? Ni en catalán ni en español, sea en Barcelona, Madrid, o México, el joven universitario de ahora puede ‘lucirse’ frente al conocimiento en general; mucho menos en la literatura o la filosofía (hay, desde luego, sus excepciones). La escuela ha fallado desde hace mucho, porque también han fallado los mentores. Especie rarísima es aquel profesor que se instruye y actualiza permanentemente. Conformes con el estatus que les dio haber conseguido una plaza, se pasan la vida repitiendo los mismos textos y el mismo método: el criterio de autoridad, antes que nada. No la libre discusión ni la formación de un criterio propio leyendo, comprendiendo y ampliando el mundo mediante la discusión y el análisis colectivo, ni apoyando esos razonamientos en autores que han hecho camino intelectual. La educación de ahora está casi igual como en los mejores tiempos del maestro tradicional: un viejo libro sobre un escritorio, una regla de madera dura y la repetición dogmática de conceptos, ideas, para luego vaciarlas en la memoria del niño/joven, como si aquella fuera un recipiente donde todo hay que depositar. Si algo le falta a la juventud de ahora (y esto va por mi propia experiencia docente), es la lectura; y de ahí su escritura. Leer y escribir es lo que eran las matemáticas para las generaciones anteriores, tal vez. No me extraña que no conozcan ni lo propio, como tampoco en el sur de Veracruz conocen tu trayectoria como poeta e intelectual. Desde luego, no somos solamente los maestros los que hemos fallado en este intento de despertar al mundo del sopor que los envara y malea sino la sacrosanta dirección de un Estado que se ha convertido en un ogro que sólo defiende sus propios intereses -como siempre. Los jóvenes de las épocas setenteras -aquellos que nos salimos del huacal tradicional- teníamos la fe en ‘la revolución’; pero los jóvenes de ahora no la tienen en nada, o quizá la tienen en la superficialidad de su mundo y sus haceres. No se vive de leer a Carner o a Orlando Guillén, han de pensar muchos. Pero sin ese otro sentido del mundo y de la vida que la literatura nos ofrece, difícilmente podríamos estar a gusto quienes ya estamos enterados de la importancia de leer y comprender el mundo de los otros a través de la literatura y la filosofía. En otro orden de ideas, leí tu texto "La una y dos colgando", donde criticas y exhibes a Juan Bañuelos. Gracias por haberme despertado del sueño. Según creía, el plagio era una acción para gentes de otro nivel o falsos estudiantes cuya incapacidad mental los lleva a obrar de ese modo. Pero plagiar a la altura en que se mueve Bañuelos me resulta increíble. Y sin embargo, ahí esta. ¿Cuántos más habrán crecido y obtenido premios y prestigios mediante este indebido obrar? Recibe un abrazo. Samuel Pérez García. DOS Y puesto que escribo esto bajo “la festiva, tonante, fantasmante y pirotécnica noche de san Juan en la estación verano catalana” (autocita que procede de la Introducción a mis «Doce poetas catalanes del siglo XX»), doy ahora de despedida, por compartir y por el puro gusto, y procedente de este mismo libro de libros, el original y mi versión del poema de Carner que lleva puesto el reclamo de la noche de hoy: NIT DE SANT JOAN Al clar de lluna plena, jo i l'amic cireres hem menjat a la porxada. Salta el foc en la nit enlluernada en recordança d'aquell drac antic que volia donzelles i donzelles... De sobte el drac s'esbalaeix, té por. Es perden riures, crits i cantarelles en una regolfada de tristor. L'amic i jo, les testes ajupides, eixim, i d'esma som guiats pel rec. Per enllà hi ha casetes resclosides plenes, tota altra nit, de mitges vides: les denes del rosari hi són dormides, hi és oscat el renec. Una finestra ben reixada estoja (en una casa d'on tothom eixí sinó ella) la boja, plena d'incendi en el seu cos mesquí. Era una dolça dona apiadada que mai havia entès la fosquedat, el desgavell terrible del pecat. La seva filla, antany, se n'és anada lluny, a la gropa d'un enamorat. La mare caigué en terra. En aixecar-se, s'havien envilit sos ulls serens; els ulls fiblant, la cabellera esparsa, cridava els homes amb udols obscens. Aquesta nit de Sant Joan l'abranda més que cap altra nit. Ja tot en el silenci va de banda, caliu esgarriat i goig marcit. I ella, exaltada en sa presó deserta per la gran solitud i el cel rogent, es bada tota al vent. Estranyament oferta, és un aspi d'horror: diu, de l'infern a les mateixes ribes, amb profètiques ires venjatives, el mal nom de l'amor. NOCHE DE SAN JUAN Bajo el claro de luna llena, yo y un amigo mío hemos estado comiendo cerezas en el portal. Salta el fuego en la noche deslumbrada en memoria de aquel dragón antiguo que doncellas y más doncellas quería... Súbitamente el dragón palidece: tiene miedo. Se pierden risas, gritos y murmullos en remolino remanso de tristeza. Mi amigo y yo, gachas las cabezas, salimos, dejándonos guiar por la corriente de los regadíos. Aquí y allá hay casitas de olor estanco, cualquier noche que no sea esta plenas de mediana vida: las cuentas del rosario están allí dormidas y roma está la blasfemia. Una ventana de fuertes rejas guarda (en una casa de la cual todos se han ido, menos ella) a la loca cuyo pobre cuerpo es un incendio. Era una mujer piadosa y tierna que nunca había conocido la oscuridad, el atroz desorden del pecado. Tiempo atrás su hija había huido lejos, a la grupa de un amante. La madre cayó a tierra. Al levantarse habíase envilecido su mirada serena: los ojos como aguijones, la cabellera revuelta, llamaba a los hombres con aullidos obscenos. Esta noche de San Juan la excita y prende como ninguna otra. Ya todo en el silencio va dejándola sola, rescoldo descarriado, y marchito gozo. Y ella, exaltada en su prisión desierta por la gran soledad y el cielo ardiendo, se ancha entera al viento. Extrañamente así ofrendada es un aspa de horror: en las orillas mismas del infierno con proféticas iras vengativas grita el alias, el apodo del amor.
www.floresdeuxmal.com

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José Alfredo

Por cierto, se retrasó la salida de este disco y ahora no va a ser gratis lo van a vender por cuestiones de los derechos de autor pero igual es una buena propuesta.

Y ya viene también el poemario de Carlos Ann editado por el Cangrejo Pistolero editores.

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Jean Nicolas Arthur Rimbaud


Reseña biográfica

Poeta francés nacido en Charleville en 1854.
Mostró desde pequeño un gran talento para la literatura. Muy joven
se trasladó a Paris donde trabó amistad con importantes poetas de la época, especialmente con Paul Verlaine con quien sostuvo una tormentosa relación amorosa que terminó dos años después a raíz de serias disputas entre ambos. De esta época datan las primeras publicaciones "El barco borracho" en 1871 y "Una temporada en el infierno" en 1873.
Su obra, de marcado tono simbolista, está profundamente influida por Baudelaire, por su interés en el ocultismo, en la religión y en la exploración sobre el subconsciente individual.
La vida licenciosa lo obligó a dejar por algún tiempo la poesía, viajó por Europa, se dedicó al comercio en el Norte de África y a su regreso a Paris en 1891 ya había sido publicada su obra "Iluminaciones" en 1886. Falleció en noviembre de 1891


El baile de los ahorcados

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno...

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! .

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

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Juan Ramon Molina


Juan Ramón Molina nació en Comayagua, su vida se extinguió dubita y prematuramente un atardecer del 2 de noviembre de 1908, murió en la ciudad de San Salvador, era justo decir que el Poeta moría en el desaliento del abandono, y en el olvido, que ya no lo acompañaba su sombra de exiliado, en aquella sociedad materialista en la que los seres que consagran la vida a los espirilos, no valen nada, sino después de muertos. Lucho siempre por la una Honduras Democrática, y se negó a cerrar los ojos ante la realidad de su país.
La obra de Juan Ramón Molina quedó dispersa en periódicos y revistas de Centroamérica. En 1911, el Poeta Froylán Turcios la recopiló y público con el nombre de Tierras, mares y cielos, un libro breve pero que contiene algunos de los mejores poemas de la lírica no sólo hondureña sino también hispanoamericana: “Autobiografía”, “Río Grande”, “El Águila”, Metempsicosis”, “Salutación a los poetas brasileros” y “Águilas y cóndores”, textos en los que Molina asumió creativamente la gran transformación lingüística que impulsó y consolidó Rubén Darío.

Metempsícosis

Del ancho mar sonoro fui pez en los cristales,
que tuve los reflejos de gemas y metales.
Por eso amo la espuma, los agrios peñascales,
las brisas salitrosas, los vívidos corales.

Después, aleve víbora de tintes caprichosos,
magnéticas pupilas, colmillos venenosos.
Por eso amo las ciénagas, los parajes umbrosos,
los húmedos crepúsculos, los bosques calurosos.

Pájaro fui en seguida en un vergel salvaje,
que tuve todo el iris pintado en el plumaje.
Amo flores y nidos, el frescor del ramaje,
los extraños insectos, lo verde del paisaje.

Tornéme luego en águila de porte audaz y fiero,
tuve alas poderosas, garras de fino acero.
Por eso amo la nube, el alto pico austero,
el espacio sin límites, el aire vocinglero.

Después, león bravío de profusa melena,
de tronco ágil y fuerte y mirada serena.
Por eso amo los montes donde su pecho truena,
las estepas asiáticas, los desiertos de arena.

Hoy (convertido en hombre por órdenes obscuras),
siento en mi ser los gérmenes de existencias futuras.
Vidas que han de encumbrarse a mayores alturas
o que han de convertirse en génesis impuras.

¿A qué lejana estrella voy a tender el vuelo,
cuando se llegue la hora de buscar otro cielo?
¿A qué astro de ventura o planeta de duelo,
irá a posarse mi alma cuando deje este suelo?

¿O descendiendo en breve (por secretas razones),
de la terrestre vida todos los escalones,
aguardaré, en el limbo de largas gestaciones,
el sagrado momento de nuevas ascensiones?.

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Charles Baudelaire


(París, 1821 - 1867) Poeta francés. Huérfano de padre desde 1827, inició sus estudios en Lyon en 1832 y los prosiguió en París, de 1836 a 1839. Su padre adoptivo, el comandante Aupick, descontento con la vida liberal y a menudo libertina que llevaba el joven Baudelaire, lo envió en un largo viaje a las Antillas entre 1841 y 1842 (según algunas fuentes, podría haber llegado también a la India). De regreso en Francia, se instaló de nuevo en la capital y volvió a sus antiguas costumbres desordenadas.

Empezó a frecuentar los círculos literarios y artísticos y escandalizó a todo París con sus relaciones con Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspiraría algunas de sus más brillantes y controvertidas poesías. Destacó pronto como crítico de arte: el Salón de 1845, su primera obra, llamó ya la atención de sus contemporáneos, mientras que su nuevo Salón, publicado un año después, llevó a la fama a Delacroix (pintor, entonces, todavía muy discutido) e impuso la concepción moderna de la estética de Baudelaire. Buena muestra de su trabajo como crítico son sus Curiosidades estéticas, recopilación póstuma de sus apreciaciones acerca de los salones, al igual que El arte romántico (1868), obra que reunió todos sus trabajos de crítica literaria.

Fue además pionero en el campo de la crítica musical, donde destaca sobre todo la opinión favorable que le mereció la obra de Wagner, que consideraba como la síntesis de un arte nuevo. En literatura, los autores Hoffmann y Edgar Allan Poe, del que realizó numerosas traducciones (todavía las únicas existentes en francés), alcanzaban, también según Baudelaire, esta síntesis vanguardista; la misma que persiguió él mismo en La Fanfarlo (1847), su única novela, y en sus distintos esbozos de obras teatrales.

Comprometido por su participación en la revolución de 1848, la publicación de Las flores del mal, en 1857, acabó de desatar la violenta polémica que se creó en torno a su persona. Los poemas (las flores) fueron considerados «ofensas a la moral pública y las buenas costumbres» y su autor fue procesado. Sin embargo, ni la orden de suprimir seis de los poemas del volumen ni la multa de trescientos francos que le fue impuesta impidieron la reedición de la obra en 1861. En esta nueva versión aparecieron, además, unos treinta y cinco textos inéditos.

Letanias A Satan

¡Oh, tú, el más sabio y el más bello de los ángeles,
dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas!

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Oh, príncipe del exilio, a quien se le ha hecho un agravio,
y que, vencido, siempre te levantas más fuerte,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú que lo sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
sanador familiar de las angustias humanas,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú que, lo mismo a los leprosos que a los parias malditos,
enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
engendras la esperanza -¡una loca encantadora!

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú que haces al proscrito esta mirada calma y alta
que condena todo un pueblo alrededor del patíbulo,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú que sabes en qué ángulos de las tierras envidiosas
el Dios celoso escondió las piedras preciosas,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


Tú, en quien la mirada clara conoce los profundos arsenales
donde duerme amortajado el pueblo de los metales,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, en quien la larga mano esconde los precipicios
al sonámbulo errante al borde de los edificios,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
del borracho tardo atropellado por los caballos,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que para consolar al hombre frágil que sufre,
nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que pones tu marca, oh, cómplice sutil
en la frente de Creso despiadado y vil,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que metes en los ojos y en el corazón de las muchachas
el culto de la llaga y el amor de los andrajos,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Bastón de los exiliados, lámpara de los inventores,
confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Padre adoptivo de estos que en su negra cólera
del paraíso terrestre ha expulsado Dios Padre,

¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!


ORACIÓN

¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
del cielo, donde tú reinaste, y en las profundidades
del infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!
¡Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
cerca de ti repose en la hora en que en tu frente,
como un Templo nuevo, sus ramajes se extenderán!

- CHARLES BAUDELAIRE -


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