domingo, 4 de octubre de 2009

Robert Lowell


Robert Lowell

Robert Lowell fue ampliamente conocido por inspirar y enseñar a Sylvia Plath, Ann Sexton y John Berryman. Debido a ello, y a que era Dueño de complejidad poética y vida turbulenta, se le llamó “Padre del Confesionalismo”, término utilizado para describir la tendencia estética de Sexton, Plath y Berryman.

Se estima que los trabajos de Lowell nacieron de su propia infelicidad y de los acontecimientos políticos, sociales e ideológicos que ocurrieron en Estados Unidos luego de la segunda guerra mundial.

Alcohólico contumaz -casado en tres oportunidades-, desde 1949 su manía depresiva aumentó hasta el punto de llevarlo a tomar la decisión de permanecer varias veces en hospitales mentales.

Hijo de Boston y del matrimonio entre Robert Traill Spence Lowell –oficial naval- y Charlotte Winslow, Lowell comenzó a escribir en el St. Mark’s School, donde tuvo como profesor a Richard Eberhart.

Luego de estudiar literatura inglesa en Harvard, se movió en dirección al Kenyon College donde conoce a Randall Jarrel y a Peter Taylor, con quienes tendrá una prolongada amistad.

Conseguida su graduación, se instala en la Louisiana State University.

Aunque se alista en el ejercito durante la segunda guerra mundial, cuando es convocado decide declararse objetor de conciencia. Debido a ello tiene que pasar varios meses en prisión.

Algunos estudiosos de la vida de Lowell piensan que podría deberse a esto el colapso en su salud mental.

En 1944 edita su primer colección poética: “Land of Unlikeness”.En 1946 “Lord Weary’s Castle” con el que gana el Pulitzer. Amigo de Jacqueline Kennedy y de Bob Kennedy, durante los 60as se involucra

tanto en poesía como en política.

En tal circunstancia escribe “The Union Dead”, trabajo donde se contempla la posibilidad de un holocausto nuclear; la aniquilación de la humanidad y la permanencia de una cultura que respalda semejantes proyectos.

Lowell muere de un ataque al corazón el 12 de septiembre de 1977 cuando viajaba en taxi por la Ciudad de New York.


Relinquunt Omnia Servare Rem Publicam.

El viejo Aquarium de Boston permanece

en un Sahara de nieve ahora. Sus quebradas ventanas están enmaderadas.

El pescado de la veleta de bronce perdió la mitad de sus escamas.

El tanque aéreo esta seco.

Una vez mi nariz se arrastró como un caracol en el vidrio;

mis manos rascaron

hasta reventar las burbujas

errantes de las narices de los intimidados, sumisos peces.

Mis manos retrocedieron. Muchas veces continué

dando un vistazo por las oscuras inclinaciones del vegetante reino

de peces y reptiles. Una mañana del último marzo,

me apreté contra la cerca de púas nuevas y galvanizadas

en el Boston Common. Detrás de su celda,

las palas mecanicas gruñían como dinosaurios amarillos

cuando recogían toneladas de musgo y hierbas

al vaciar el bajo mundo de su garage.

Estacionamientos de espacios lujuriosos como cívica

almohada de arena en el corazón de Boston.

Un cinturón naranja, calabaza Puritana coloreando las trabas

de las vigas en la hormigueante Casa de Gobierno;

sacudiéndose sobre la excavación, como si las caras del Coronel Shaw

y su infantería de Negros con cachetes como campana(1)

sacudieran la calle Gauden con el consuelo de la Guerra civil;

extensa tabla apropiada para servir de astilla contra el terremoto del garage.

Dos meses después de marchar a través de Boston,

medio regimiento fue muerto;

en la conmemoración

William James casi pudo escuchar la respiración de bronce de los

negros.

Las varas del monumento como espina de pescado

en el cuello de la ciudad y

su Coronel como una delgada

aguja de brújula.

Tiene la encolerizada vigilancia de un pájaro,

de un galgo dulcemente tieso;

que al parecer retrocede ante el placer

y se sofoca por privacidad.

Está fuera de ataduras ahora. Se regocija en el hombre cariñoso;

peculiar poder para escoger vida y muerte;

cuando lideraba sus negros soldados hacia la muerte,

no podía doblar la espalda.

En miles de pequeños pueblos de la verde New England

las viejas iglesias sostuvieron el pelo

de la desparramada, sincera rebelión; raídas banderas

acolchando el cementerio de la Gran Armada de la República.

Las estatuas de piedra de la abstracta Unión de Soldados

crecen delgadas y jóvenes cada año-

cinturas de avispas, dormitan sobre mosquetes

y meditan a través de las patillas de ellos...

El padre de Shaw no quería un monumento

excepto la zanja

donde el cuerpo de su hijo fue arrojado

y extraviado con sus “negros.”

La zanja está cerca.

No hay estatuas de la última guerra aquí;

en la calle Boylon, un fotógrafo comercial

muestra una derretida Hiroshima

sobre Mosler Safe, la “Roca de las Edades”

que sobrevivió a la explosión(2). El lugar esta cercano.

Cuando me acuclille hacia mi equipo televisivo

las secas caras de los niños de la Escuela de Negros surgieron como balón.

El coronel Shaw

cabalga en su ilusión.

Espera

la bendición del descanso.

El Aquarium se ha ido. Por todos lados

automóviles gigantes con aletas y hocico como pez;

un bárbaro servilismo

resbala entre la grasa.

(Versión de Raúl Racedo)

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